Alexander con su intervención sobre los cambios en la enseñanza así como en las generaciones actuales me hacen pensarme en mi quehacer docente y en como quiero habitar el mundo.
A pesar de mis demonios, de los espejos de violencia con los que crecí, hoy por hoy me doy cuenta que la enseñanza con amor y ganas, resulta más efectiva que cualquier grito o castigo impuesto como forma de disciplina. Ese tipo de correcciones desde mi perspectiva, forman un circulo sin fin de violencia.
En la Institución Educativa donde hago mis prácticas docentes, el pan de cada día de algunos maestros son los gritos y a niños de primaria, que apenas están iniciando su proceso educativo, yo solo me imagino que si para mi en el ejercicio de Alexander fue difícil y me sentí extremadamente cohibida de lo que soy y violentada ¿Cómo se sienten los niños? A mi me ha funcionado mucho el diálogo, las instrucciones claras en cada actividad, las reglas del salón, pero, también tengo en cuenta que en medio de tantos mundos y tan pequeños es fácil perder la cordura.
Hoy a raíz de esto, decido quedarme con el recuerdo y la visión de los docentes que me inspiran, que me han demostrado que no importa la edad de los estudiantes, existen métodos y formar de tratar al otro sin degradar su humanidad, el amor es una revolución, el respeto es una revolución, la simpatía es una revolución, corregir al otro desde el dialogo es una revolución.
Me comprometo a pensar en esta reflexión cada que me encuentre en una situación emocional fuerte con un estudiante, porque mi deber ético es hacer el cambio, desde mi misma, sin esperar a que el otro decida hacerlo. Nada va a cambiar a mi alrededor si yo no doy el primer paso.
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